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El nacimiento del reloj
de pulsera se produce entre finales del siglo XIX y
principios del XX si atendemos a la producción seriada y no a las piezas
singulares cuya aparición se remonta varios siglos antes.
El primer reloj de pulsera cuya creación queda documentada es el que, en en 1810, fue realizado por encargo de la princesa regente
de Inglaterra y Reina de Nápoles Caroline Murat, la más joven de las hermanas
de Napoleón Bonaparte, a la prestigiosa firma relojera Breguet.
Se trataba de un pequeño reloj de bolsillo con una cadena adaptada para poder
ser llevado en la muñeca.
Sin embargo, el concepto de reloj de pulsera empezó a ser aceptado como
indispensable en las campañas militares de finales del siglo XIX y principios
del XX. La posibilidad de consultar la hora cómoda y rápidamente terminó por
imponerse. En 1880, la firma relojera Girard-Perregaux
creó, a petición del emperador Guillermo II, unos relojes de pulsera
particularmente robustos destinados al uso de oficiales de la marina alemana.
Estos relojes tenían el cristal protegido por una parrilla o reja metálica
que posteriormente fue relativamente común en los relojes militares durante
la Primera Guerra Mundial. Esta serie de relojes de Girard-Perregaux constituye probablemente la primera colección
seriada. Desgraciadamente, no conservamos ninguno de los originales.
A partir de entonces, los hombres comenzaron a variar su opinión sobre el
reloj de pulsera: antes de la Primera Guerra Mundial, se consideraba un
ornamento femenino, un objeto digno de no ser tenido en cuenta seriamente. Un
corresponsal norteamericano de la publicación “The Horological Journal” escribió en 1916 que los hombres
norteamericanos consideraban, hasta entonces, el reloj de pulsera como una
burla, merecedor de aparecer en escenas cómicas de películas y “vaudevilles”; continuó diciendo que los detractores concedían
ahora gustosamente un valor al reloj de pulsera como objeto para uso
ocasional, pero que no habían hallado aún el modo de adoptarlo para usarlo en
todas ocasiones. Tras la guerra, las manufacturas relojeras trataron de negar
cualquier evocación a la imagen femenina hasta entonces vinculada a los
relojes de pulsera, reafirmando la imagen varonil de éstos a través de gran
variedad de folletos publicitarios. Además, muchos soldados regresaron de la
guerra con sus relojes militares, hecho que propició la aceptación del uso
del reloj de pulsera entre la población: un héroe de guerra no podía estar
vinculado en modo alguno a un objeto afeminado, de modo que la percepción del
reloj de pulsera varió rápida y ostensiblemente.
En 1923 el relojero inglés John Harwood solicitó en
Suiza la patente de un reloj automático de pulsera, obteniéndola un año
después. La masa oscilante estaba constituida por un sector circular sujeto
por el centro, que giraba sobre un arco de 130º. En los extremos, dos muelles
amortiguaban los choques. El resorte se cargaba al mover la muñeca utilizando
un único sentido de rotación de la masa oscilante. La obsesión de Harwood era imposibilitar la entrada de polvo y humedad
causantes del deterioro de la maquinaria: es por ello que la eliminación de
la corona remontoir fue su principal objetivo. Las manecillas se regulan
mediante un aro de vidrio acanalado y un punto rojo que aparece en una
obertura de la esfera por encima de las seis, nos informa de que el mecanismo
está listo para funcionar.
Información obtenida del libro "Relojes", Luís Montañés, 1997, Antiqvaria, S.A. Ediciones
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